• 10 años de la “revolución” BIDEGI

    No hace tanto tiempo, todos lo recordamos, la situación de la red viaria era uno de los principales problemas de Gipuzkoa. La congestión diaria de viales como la variante donostiarra, los accidentes continuos seguidos de prolongados atascos, la ausencia de alternativas para arterias cruciales como la N-I, el incremento constante de los niveles de tráfico… Esta acumulación de señales de alarma dibujaba una situación altamente preocupante que conducía a Gipuzkoa al colapso y que era preciso atajar con decisión.

    Y así se hizo. Hace ahora diez años, concretamente el 6 de junio de 2003, la Diputación Foral de Gipuzkoa puso en funcionamiento el pilar principal (aunque no el único) sobre el que se ha asentado un vasto programa de reformas y construcción de nuevas infraestructuras que en menos de una década ha dado un vuelco total a la situación de nuestra red viaria. En esa fecha, que merece un lugar señalado en los anales guipuzcoanos, la sociedad pública foral Bidegi S.A. se hizo cargo de la gestión de la autopista A-8, tras finalizar la concesión del anterior operador privado. Y con ello abrió las puertas a la ´revolución´ que ha transformado en pocos años la red viaria guipuzcoana. 

    Y es que la existencia de Bidegi ha permitido encarar simultáneamente la modernización de una AP-8 que se había quedado obsoleta, completar la autopista Eibar-Vitoria (AP-1) y terminar con la pesadilla de la Variante donostiarra mediante la apertura del 2º Cinturón de Donostia. Una inversión importantísima, financiada a partir de los ingresos generados por la propia actividad de Bidegi, suficientes para hacer frente a los importantes créditos necesarios para realizar unas obras de gran dimensión, con los túneles y viaductos kilométricos a que obliga la abrupta orografía guipuzcoana.

    Paralelamente, este sistema ha permitido que la propia Diputación Foral de Gipuzkoa emprendiera con fondos presupuestarios propios la construcción de infraestructuras como la Autovía del Urumea o numerosas variantes locales (Zumaia, Pasaia, Hondarribia, Eibar, Endarlatsa, Zaldibia, etc). Además, la propia existencia de Bidegi ha posibilitado indirectamente la importante expansión que han registrado los presupuestos forales de política social a lo largo de la última década, en la que las necesidades en este sentido han sido (y son) crecientes.

    Con la perspectiva que nos ofrecen estos diez años de trayectoria, destaca la singularidad, y la oportunidad, de la decisión de activar un instrumento para la transformación de la red de carreteras de Gipuzkoa de las características de Bidegi.

    La singularidad de este modelo queda patente si tomamos en consideración que se trata de uno de los pocos ejemplos en los que una actividad privada solvente ha pasado a ser propiedad y gestión pública. Una excepción en el contexto generalizado de privatización de servicios públicos que se ha desarrollado en todo el mundo en las últimas décadas (aquí no puedo evitar imaginar el galleo de algunos si esta “publificación” de una actividad anteriormente privada se hubiera realizado por parte de esos que repiten la letanía del “otro modelo”). En cualquier caso, fue una decisión valiente por parte de quienes la tomaron y que el tiempo ha demostrado acertada.

    Que la solución adoptada era también oportuna en el momento en que se produjo queda de manifiesto ante la evolución posterior que ha tenido la situación económica. La crisis que nos azota desde 2008 hubiera hecho implanteable abordar un programa de reforma las carreteras de Gipuzkoa de una envergadura ni siquiera aproximada al que Bidegi ha hecho posible. Se acertó en el método y se acertó en el momento de aplicarlo. El coste del “no-Bidegi” hubiera sido condenar a Gipuzkoa a seguir ahogada por el tráfico durante décadas.

    Por todo ello, pasados diez años desde su activación, el balance de la tarea realizada hasta ahora por Bidegi sólo puede calificarse como muy positiva: no sólo ha permitido un vuelco evidente en la situación de la red viaria guipuzcoana, si no que además ha posibilitado que estos años la Diputacion Foral de Gipuzkoa apuntale la política social con recursos presupuestarios que de otra manera no hubieran estado disponibles para atender esas necesidades.

    Pese a esta valoración esencialmente positiva de los primeros años de existencia de Bidegi, el presente y sobre todo el futuro inmediato de esta sociedad pública se encuentra amenazado por negros nubarrones. Preocupa, y mucho, la parálisis gestora que aqueja a Bidegi desde la llegada del nuevo gobierno foral, la purga de su equipo directivo profesional, el ´affaire´ de la entrada en los ordenadores de los trabajadores, las zafias y constantes descalificaciones hacia los anteriores gestores… Da la impresión de que la izquierda abertzale ha decidido aplicar en Bidegi uno de los principios rectores de su peculiar manual de estilo: cuanto peor, mejor. Será para ellos, pero obviamente no para el conjunto de los guipuzcoanos.

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