• Sortu, hablemos de modelos

    En la escena política se ha puesto muy de moda hablar de “modelos”; ante cualquier intento de acuerdo entre las dos opciones que conforman el ámbito político abertzale, surge el concepto de la contraposición del “modelo”; y ante la aparente imposibilidad de congraciar un “modelo” con el otro “modelo”, sistemáticamente se produce la huída hacia delante de la izquierda abertzale, renuente al acuerdo, remiso a escenarios de compromiso.

    El “modelo” sirve para todo: para no acordar, para criticar, para acusar. Para todo, salvo para establecer ámbitos de colaboración, salvo para instaurar bases de respeto institucional. Tanto es así que, sobre todo, sirve para escapar de la responsabilidad de tener que articular vías de entendimiento que permitan avanzar en la resolución de los problemas que nos acucian, sean de carácter económico, social o político. 

    Porque el “modelo” es el parapeto perfecto tras el cual atrincherarse en un ejercicio de reafirmación conceptual –en la práctica el “modelo” teórico suele quedar bastante desvirtuado- y, de ese modo, no tener que retratarse en la gestión de la realidad que, como toda realidad, y más en los tiempos que corren, nos enfrenta con el ideal absoluto, sea cual fuere, embarrándolo. Según las ponencias de Sortu, su “modelo” viene a ser la constitución de un estado independiente y socialista, basado en el “nacionalismo revolucionario”, contrapuesto al “nacionalismo de las clases dominantes e imperialistas”. E incluso nombran al “artífice del proceso”: el denominado históricamente por la Izquierda Abertzale como Pueblo Trabajador Vasco.

    Por muy trabajador, obrero, operario, proletario que usted se considere, no se haga ilusiones: no forma parte del Pueblo Trabajador Vasco… salvo que sea, además, sujeto del proyecto revolucionario de Sortu.

    Pero, más allá de la retórica revolucionaria, ¿qué pasos concretos pretende Sortu para intentar solucionar o, por lo menos paliar, la situación de depresión económica en la que nos encontramos? Puedo entender esa parte de la política que consiste en ser lo que uno siente que es, o por lo menos, pretenderlo. De hecho es la parte de la política que más me gusta. Pero si entendemos la política como un ejercicio de servicio público no deberíamos quedarnos solo en la parte más cómoda de su desempeño. Eso, para empezar.

    Y para continuar… Para continuar quiero señalar algo que, no por cotidiano, deja de sorprenderme muy negativamente. El “nacionalismo revolucionario” de Sortu, retórica aparte, no es capaz de autodefinirse si no es por oposición. No existe ese nacionalismo revolucionario salvo en la medida en que Sortu se inventa un “nacionalismo de las clases dominantes e imperialista” que pretende que sea el del PNV. Pretensión que niego categóricamente. Sortu existe solo en la medida en que se mira en un espejo que va construyendo con falacias contra el PNV.

    Evidentemente, hoy en día, más allá de pancartas, soflamas y twitters, es difícil hacer una revolución. Así que la izquierda abertzale, en su estrategia de combinación de lucha de masas y lucha institucional, ha recreado un enemigo, imaginario en sus características, aunque, por otra parte, en su entidad verdadera puede que esté demostrando ser un oponente excesivamente real para las pretensiones hegemónicas de la izquierda abertzale.

    El PNV no es, no lo ha sido nunca, un partido de clases dominantes ni imperialista. Ni el modelo del PNV es eso que Sortu pretende que sea. El Partido Nacionalista Vasco ha tenido un objetivo político desde su nacimiento: rearmar la conciencia nacional vasca hasta lograr su acomodo en la Europa democrática como nación soberana. Y lograrlo lejos de retóricas sin contenido, construyendo una nación cohesionada y basada en principios de justicia social, amparando los derechos y la dignidad de la ciudadanía, cimentando estructuras públicas sostenibles que otorguen cobertura a las personas, ofreciendo servicios públicos de calidad, coadyuvando al progreso económico mediante las infraestructuras necesarias para su desarrollo, y garantizando el reparto de la riqueza creada entre todos, intentando que nadie se quede en la cuneta mientras reivindicamos el reconocimiento de nuestra identidad nacional.

    Ese es el modelo que reivindicamos quienes formamos parte del proyecto del Partido Nacionalista Vasco. Y lo reivindicamos en su integridad, reconociendo también errores cometidos. Porque no en vano, a pesar de todo, seguimos estando diez puntos por debajo del nivel de paro del estado. No en vano tenemos un tercio del fracaso escolar del español. No en vano nuestra brecha entre ricos y pobres se ha venido reduciendo mientras en España se incrementaba un 30%. No en vano nuestro PIB es mejor, nuestra renta per capita es mejor, nuestras pensiones son mejores, nuestra sanidad es mucho mejor, nuestras administraciones están mejor gestionadas, nuestras entidades financieras son solventes…

    Todo ello no es más que el reflejo de treinta años de trabajo, codo con codo desde las instituciones con los trabajadores vascos, con los baserritarras y los arrantzales, con los empresarios, con los funcionarios, con los investigadores, con todos. Mientras, otros, los del modelo revolucionario, fiaban el destino de este Pueblo a la combinación de la lucha política con la lucha armada.

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